EL ELEFANTE NEGRO EDICIONES

    Quienes conocemos a Diego Etcheverría y a sus fanzines, publicaciones de pocas hojas fotocopiadas que editaba y distribuía con constancia de caracol en el conurbano barro, sabemos que en sus manos la poesía puede provenir tanto de los versos como de las escenas que arma con soldaditos de juguete y otros objetos. Fotografías de esos montajes suelen acompañar sus textos en simbiosis visual y lírica.

    "La huella en el muro", en cambio, nos invita a un amplio recorrido de su obra escrita a través de páginas donde los puntos no definen nada, y le ceden esa función al tiempo. La austeridad de palabras no camufla venenos ni son pobreza, al contrario, cada frase es una granada que detona las imágenes soñadas por el autor y su hambre inenarrable de causas justas.

    Pero así como en sus manos una foto de soldaditos configura una poesía, también desde versos sencillos Diego es capaz de recrear una escena, un cuadro. Y de pronto nos encontramos dentro del recuerdo disparado por un sauce llorón, o en ritos y siestas de antaño, con la naturaleza siempre presente en sus componentes mínimos: un pájaro, una ramita. 

    La evocación de los antepasados familiares y de los poetas que admira nos habla de un camino andado, de un tiempo que transcurre y va dejando rastros e instantáneas, esas campanas de palo que sus versos transforman en cuerpos textuales, sin nada de frágiles, que asustan diablos. Y nos asombran.

    “Si me lo vuelven a preguntar / esta vez no lo dudaría/ cuando sea grande/quiero ser el verdugo/de una causa justa" nos dice Diego. Y yo tampoco lo dudo. La huella en el muro es un libro para leer y releer hasta que las epopeyas vuelvan a ser una perspectiva en este milenio, o en otro. 


    Victor Orellana

    LA HUELLA EN EL MURO. Diego Etcheverria.

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    Quienes conocemos a Diego Etcheverría y a sus fanzines, publicaciones de pocas hojas fotocopiadas que editaba y distribuía con constancia de caracol en el conurbano barro, sabemos que en sus manos la poesía puede provenir tanto de los versos como de las escenas que arma con soldaditos de juguete y otros objetos. Fotografías de esos montajes suelen acompañar sus textos en simbiosis visual y lírica.

    "La huella en el muro", en cambio, nos invita a un amplio recorrido de su obra escrita a través de páginas donde los puntos no definen nada, y le ceden esa función al tiempo. La austeridad de palabras no camufla venenos ni son pobreza, al contrario, cada frase es una granada que detona las imágenes soñadas por el autor y su hambre inenarrable de causas justas.

    Pero así como en sus manos una foto de soldaditos configura una poesía, también desde versos sencillos Diego es capaz de recrear una escena, un cuadro. Y de pronto nos encontramos dentro del recuerdo disparado por un sauce llorón, o en ritos y siestas de antaño, con la naturaleza siempre presente en sus componentes mínimos: un pájaro, una ramita. 

    La evocación de los antepasados familiares y de los poetas que admira nos habla de un camino andado, de un tiempo que transcurre y va dejando rastros e instantáneas, esas campanas de palo que sus versos transforman en cuerpos textuales, sin nada de frágiles, que asustan diablos. Y nos asombran.

    “Si me lo vuelven a preguntar / esta vez no lo dudaría/ cuando sea grande/quiero ser el verdugo/de una causa justa" nos dice Diego. Y yo tampoco lo dudo. La huella en el muro es un libro para leer y releer hasta que las epopeyas vuelvan a ser una perspectiva en este milenio, o en otro. 


    Victor Orellana

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